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9 oct 2016

“SEÑORITA, CREO QUE LO MEJOR SERÍA QUE LEYERA EL CONTENIDO DE LA NOTA... PORQUE TENGO UNA BOMBA"

Categoria: bomba

Florence Schaffner, de 23 años, no estaba de buen humor el 24 de noviembre de 1971. La azafata de Northwest Orient tenía que volar el día de Acción de Gracias con destino a Seattle y perderse la reunión familiar que había previsto. Ese día se levanta de muy mala gana y acude al Aeropuerto de Portland con el tiempo justo. Poco antes de iniciar el despegue la joven se sitúa en los asientos plegables de la salida trasera de la nave. Faltaban muy pocos minutos para que esa fecha de Acción de Gracias la recordara el resto de su vida.

Cuando el Boeing 727-100 con destino a Seattle ya había despegado y se encontraba en altitud de crucero, Florence fija su mirada sobre el último asiento del Boeing que llevaba a 36 pasajeros. Era el 18C, a pocos metros de donde se encontraba Florence. Lo último que quería ese día era mostrar su enfado en el trabajo pero no pudo evitar sentirse “observada” por el tipo que allí se encontraba.

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Según reportaron los testigos que se encontraban en el avión ese día, el hombre que observaba a Florence era de mediana edad, pelo oscuro y más o menos alto (de unos 1,80 metros). Su atuendo no denotaba nada extraño, si acaso la gabardina negra que aún llevaba en el interior del aparato, aunque siendo invierno había más gente en el vuelo que había permanecido abrigada en el despegue. Además de la gabardina, el observador llevaba un elegante traje negro debajo, unos zapatos y corbata del mismo color, camisa blanca y unas gafas oscuras que tampoco se había quitado durante la salida.

Cuando Florence levanta la mirada y la fija sobre el tipo, este no aparta la vista. Con la cabeza ladeada, ligeramentehacia atrás, no había ninguna duda de que la estaba mirando fijamente. La azafata decide no apartar la mirada, la mantiene. El hombre hace lo mismo. Cuando han pasado unos segundos Florence ya no aguanta más y decide quitarse el cinturón y acudir a ver qué problema tenía el hombre.

No hizo falta. El observador le hace una señal con las manos, la está llamando con una leve sonrisa mientras le hace una señal de sigilo. “ Definitivamente, había algo muy raro en el tipo ”, diría la joven. Florence se acerca y el hombre le pasa una nota . “ Era el colmo ”, pensó la azafata. Al tipo no le basta con mirarla descaradamente y mantenerla en tensión, sino que además acaba pasándole una nota con su número de teléfono.

Enfadada pero sin decirle nada al tipo, coge la nota y sin leerla se la guarda en un bolsillo. Florence se da media vuelta y vuelve a su asiento plegable. Cuando se sienta el hombre vuelve a girar la cabeza y la mira desafiante. La chica no sabe que hacer, lo mira y luego evita la mirada. En ese momento el tipo se levanta y se acerca a ella para decirle:

Señorita, creo que lo mejor sería que leyera el contenido de la nota, porque tengo una bomba.

Al acabar la frase el tipo vuelve tranquilamente a su asiento. A Florence le tiemblan las piernas y las manos. A duras penas se saca del bolsillo la nota que había guardado, la abre y lee en voz baja aquel escueto mensaje escrito en mayúsculas que rezaba:

Tengo una bomba en el maletín. Ahora quiero que se siente a mi lado.

Aterrizaje del Boeing

El Boeing 727-100 secuestrado. AP Images

La mente de la azafata se tambalea. Como contaría más tarde, en ese momento no sabía qué podía hacer. Durante unos segundos se imaginó a sus padres viendo las terribles noticias, se imaginó el Boeing explotando en el aire, incluso al hombre que acababa de anunciarle la peor noticia de su aún corta vida violándola allí mismo, todo lo que podía acertar apensar era terrible.

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Totalmente desconcertada, la joven decide sentarse junto al asiento libre que había al lado del tipo. Nada más sentarse, el hombre que se había registrado en el avión como Dan Cooper (Cooper a partir de ahora) comienza a explicarle sus planes de manera muy pausada:

Tranquila. Lo que yo quiero son 200 mildólares en billetes en efectivo sin marcar a las 17:00. Quiero que los metan en una mochila. También quiero dos sets completos de paracaídas (dos de espalda y dos de emergencia). Una vez que aterricemos en Seattle, también quiero un camión de combustible preparado para repostar el avión. Ah, y por favor no haga nada de lo que pueda arrepentirse o detonaré la bomba.

Cuando terminó de explicarle los requisitos para que ese día no se tornara en una catástrofe aérea, Cooper le pide amablemente a Florence que le haga comunicar sus demandas al piloto del avión William Scott. La joven se levanta y enfila el camino hacia la cabina del Boeing. Jamás había sentido tanto miedo en su vida y jamás había odiado tanto ser azafata.

Cuando Florence llega a la cabina le comunica a Scott la “incidencia” en el asiento 18C. El capitán rápidamente contacta con la torre de tráfico en Seattle explicando la situación. Tráfico aéreo a su vez contacta con la seguridad del aeropuerto y la policía de Seattle junto al FBI. Las órdenes que le llegan de vuelta a Scott son claras:

Dile que vamos a cooperar, que estamos reuniendo todo el dinero y las demandas descritas para que estén listas tras el aterrizaje.

Scott fija la mirada en Florence. Trata de calmar a la joven y le dice que debe volver a la última fila para hacerle llegar a Cooper que sus demandas han sido aceptadas. También le dice que si se ve capaz de intentar averiguar si es o no verdad que tiene una bomba. La joven asiente con la cabeza y regresa al final del avión.

La tripulación de Boeing a su llegada a Reno. AP Images

Mientras se acerca a la última fila respira hondo, inhala y exhala repetidamente. Curiosamente Cooper ha cambiado sus formas. Cuando la chica llega para contarle que sus demandas han sido aceptadas, este la nota nerviosa y trata de calmarla. No parecía un criminal al uso, pensó Florence. Sus peticiones también dejaban claro que no se trataba de un terrorista, un lunático o incluso un posible disidente político.

La joven recodaría que fue educado y muy bien hablado, aceptando de buen grado las noticias que le traía Florence de la cabina. Tanto fue así, que se dio un momento ciertamente surrealista. En un momento dado Cooper acaba pidiendo una bebida, un bourbon con soda de limón del que se negó rotundamente a ser invitado por la tripulación. Cooper pagó con un billete de 20 dólares y le dijo a Florence que se quedara con el cambio.

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De alguna forma parecía que el hombre había bajado la guardia, momento que aprovechó Florence para preguntarle si lo de la bomba iba en serio. Cooper abrió un par de centímetros su maletín, lo justo para que la joven pudiera apreciar una maraña de cables, una especie de batería, unos palos rojos descritos como dinamita y un contador. Tras volver a cerrarlo, le dice a la joven que vuelva a la cabina y le comunique a la tripulación que el avión no debe aterrizar bajo ningún caso antes de que esté todo preparado en la pista del aeropuerto. Dinero, paracaídas y camión de combustible deben estar listos.

Y así transcurrió el resto del vuelo hasta su llegada al aeropuerto de Seattle. Cooper mantuvo la serenidad y amabilidad con el resto de la tripulación (llegó a invitarlos a “tomarse un descanso” cuando aterrizaran para que comieran algo) mientras se tomaba la bebida con sumo mimo mirando a través de la ventanilla del avión.

En tierra el plan de seguridad ya se había iniciado. Policía y FBI montaron un dispositivo sin precedentes ante una posible huida del secuestrador en los alrededores de la pista elegida. Había tiradores por todas partes. Los billetes recolectados no estaban marcados, pero a cambio usaron 10 mil billetes de 20 dólares impresos de 1969, todos bajo el número de serie que empezaba con la L, todos emitidos desde el Banco de la Reserva Federal de San Francisco. Por último, el FBI pasó cada uno de los billetes por un dispositivo Recordak con el que crearon una imagen en microfilm para grabar los números de serie.

Poco antes de las 17:30, media hora después de la fecha límite anunciada por Cooper, la torre de tráfico le comunica al capitán Scott que todo estaba listo. Florence vuelve a ser la encargada de hacerle llegar el mensaje. Cooper asiente y autoriza el aterrizaje. A las 17:45 el avión aterriza en el aeropuerto internacional de Seattle-Tacoma. Cuando el avión toma tierra Cooper se dirige a las azafatas. Les comunica que el Boeing no debe pararse en la pista elegida, debe de ser en una pista alejada y remota del aeropuerto.

Volando sin rumbo

El avión en la “parada” en Seattle. AP Images

Una vez que el avión llegó a dicha zona, Cooper da luz verde para que únicamente una persona acuda hasta las puertas del avión y le entregue el maletín con el dinero junto al set de paracaídas a una de las azafatas que estaría esperando en la entrada del Boeing. Al mismo tiempo ordena que llegue el camión de combustible inmediatamente para reabastecer el avión.

Y es justo en este momento de la historia cuando Florence tiene un golpe de suerte. Ya sea por su predisposición ante las demandas o porque simplemente le había caído bien, Cooper decide liberar a los 36 pasajeros y a Florence, quienes comienzan a salir del avión lentamente y en pequeños grupos mientras el hombre vigila la partida. Sin embargo, tanto el capitán Scott como el primer oficial, el ingeniero de vuelo y una azafata deben quedarse en el interior del avión.

La incertidumbre desde fuera era palpable. Los agentes que se agolpaban en los alrededores de la zona no tenían ni la menor idea de las intenciones de Cooper. Únicamente sabían que tenía el dinero en su poder, equipo de paracaídas y un camión que estaba llenando de combustible la nave. ¿A dónde pretendía dirigirse? ¿para qué quería los paracaídas? ¿tenía cómplices? ¿quién era realmente Cooper?

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Era la primera vez en la historia de la aviación comercial que se producía un evento de este tipo. Nadie había intentado el secuestro de un avión con la intención de saltar en paracaídas. Los agentes trabajaban contrarreloj para averiguar quien se escondía detrás de ese nombre y qué era lo que buscaba.

La legendaria búsqueda de Cooper. AP Images

Tras una seria amenaza por parte de Cooper el camión da luz verde indicando que el avión tiene combustible para partir de nuevo. Así, a las 19:45, dos horas después de haber tomado tierra, el hombre le indica a Scott y al resto de la tripulación que deben despegar urgentemente con destino a México. Las órdenes también incluían volar a baja velocidad y altitud (3 mil metros máximo) con los trenes de aterrizaje desplegados y 15 grados de flaps.

Fue un momento tenso. Scott le indica a Cooper que es imposible llegar hasta allí con el combustible. El capitán cree que el Boeing podría volar hasta 1.500 km bajo esas condiciones. Se produce entonces una discusión acalorada que termina con un nuevo destino. El Boeing se dirigirá a Reno, Nevada, una parada donde volverán a reabastecer al Boeing.

Se inicia el despegue. Cooper se sienta en la parte de atrás, en el mismo sitio en el que comenzó esa mañana del 24 denoviembre de 1971. Llama a la azafata y le pide la misma bebida, un bourbon con soda de limón. Cuando la auxiliar regresa con la bebida Cooper tiene un nuevo mensaje para Scott: quiere que deje la cabina despresurizada y que la chica se quede en el interior de la cabina con los pilotos, que no regrese.

La joven hace caso, se da media vuelta y enfila hacia la cabina. Poco antes de llegar a la primera clase y de correr las cortinas que separan a la clase turista, gira ligeramente la cabeza y acierta a ver al tipo de pie. No alcanza a ver más. Cuando llega hasta la cabina comunica a Scott el mensaje.

Buscando desesperadamente a D.B. Cooper. AP Images

Desde tierra se comunican con los pilotos, estos no saben exactamente qué va a ocurrir. La situación descrita por el capitán es de total incredulidad. En la cabina se encuentran todos los miembros de tripulación; en la otra punta del avión Cooper, terminándose el último trago de bourbon.

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Cuando el reloj pasa de las 20:00, en algún punto en las cercanías del suroeste de Washington, saltan las alarmas.Una luz parpadea en cabina indicando que en la cola del avión alguien está tratando de abrir las puertas traseras. No había ninguna duda, debía de ser Cooper. El capitán trata de hablar con el hombre por el interfono, le pregunta si necesita o quiere algo.

No , fue la respuesta de Cooper. También fueron sus últimas palabras antes de lanzarse en paracaídas desde el Boeing. El miedo en el cuerpo de todos los miembros de la tripulación produjo que nadie se atreviera a salir de cabina hasta que aterrizaron en Reno sobre las 22:00 horas. En ese momento la azafata se asomó al final del avión. Cooper no estaba, habían volado casi dos horas con las puertas traseras abiertas.

El FBI irrumpió poco después en el avión. Efectivamente, no estaba Cooper, ni el maletín ni el set de paracaídas.

¿Quién era Cooper?

Retrato robot del FBI. AP Images

A partir de entonces se inició una de las investigaciones más largas de la historia del FBI (cuyo código fue Norjak ). Partiendo de las huellas dactilares que encontraron en el interior del avión junto a la corbata con un alfiler y una serie de colillas de cigarro trataron de generar un retrato robot del hombre. Entre 1971 y el año 2008 existieron numerosos sospechosos, una larga lista de criminales o asesinos a los que le colocaron en algún momento del caso la autoría del secuestro bajo la identidad falsa de Cooper. Sin embargo todos acabaron siendo descartados.

Así comenzó la leyenda de este personaje histórico para la agencia. Su retrato robot se hizo tan famoso como el propio Cooper. Ese mismo año y hasta finales del 72 se trazaron infinidad de rutas y posibles zonas donde el hombre podía haber aterrizado. Se peinaron kilómetros a pie, en patrullas, en helicóptero; se juntaron medios y policías de varios condados, el ejército… nada. La tierra se lo había tragado y no había pistas a las que agarrarse.

FBI y policías la búsqueda de Cooper. AP Images

A finales del año siguiente el FBI comenzó a trabajar en conjunto con Scotland Yard. La idea era rastrear los billetes usados a través de una llamada internacional que pudiera dar con una pista de los números de serie a bancos o comercios. Al mismo tiempo la propia compañía aérea, Northwest Airlines, llegó a ofrecer una recompensa del 15% del dinero por una pista. A la compañía aérea se sumaron varios medios de comunicación con diferentes cantidades económicas por una pista válida. Tampoco hubo suerte.

Fue tal la confusión que pasados varios años empezaron a darlo por muerto. El día del secuestro fue una fecha de grandes borrascas, un día nublado y con tormentas en el área donde pudo haber saltado. Incluso para un paracaidista profesional parecía temerario aquel salto. ¿Estaría muerto? Dos eventos posteriores arrojarían nuevas pistas:

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  • En 1978 la policía recibe una llamada. Se trata de un cazador del área en el que podría haber caído Cooper. El hombre se había encontrado una señal, una nota con instrucciones para abrirla puerta trasera del Boeing. Tras el análisis del FBI se determina que, efectivamente, pertenecía al avión secuestrado.
  • Dos años después, el 10 defebrero de 1980, el joven Brian Ingram de ocho años de edad se encontraba de acampada con su familia. El chico encuentra cerca de 6 mil dólares en muy mal estado a pocos metros del río Columbia (a unos 10 km de Vancouver, Washington). Tras el análisis del FBI se determina que, efectivamente, también eran parte de los billetes de Cooper.
El dinero encontrado por el joven Brian Ingram. AP Images

Obviamente, los billetes encontrados por el joven respaldaban la teoría de la muerte de Cooper. Desde el punto de vista del FBI parecía poco probable que un criminal dejara atrás parte del dinero tras semejante asalto. Claro que el cuerpo seguía sin aparecer y el hombre podía haberlos perdido en su huida sin percatarse de ello.

A finales del año 2007, más de 35 años después de los hechos, el FBI volvía a nombrar el caso. La agencia sacaba a la luz datos que jamás se habían revelado. Uno de los paracaídas entregados a Cooper era de prueba, utilizado únicamente para las demostraciones en clases teóricas. Dicho paracaídas no estaba en el avión, razón por la que se potencia la teoría de su muerte.

Pero lo cierto es que dos meses después, en diciembre del 2007, el propio FBI lanzó en Internet toda una serie de imágenes e información inédita sobre la caso. Según la agencia, lo hacían con la intención de encontrar nuevas evidencias sobre el caso y la identidad de Cooper.

Poco más sabemos hoy acerca de lo que ocurrió con el misterioso criminal, el único caso de secuestro aéreo sin resolver en Estados Unidos. Lo ocurrido en aquellas fechas tuvo grandes repercusiones. Las mismas aerolíneas modificaron varias de sus pautas en torno a la seguridad en los vuelos comerciales; llegaron los detectores de metales en los aeropuertos, se modificaron los diseños de los Boeing 727 (se creó la llamada Cooper vane , una cuña para impedir que las escaleras traseras de un avión se abrieran durante el vuelo) e incluso se añadieron nuevas normas de seguridad por la FAA.

Si está muerto nadie ha encontrado su cuerpo. Si está vivo es posible que esté disfrutando (de parte) del botín. Más aún tras lo ocurrido hace menos de tres meses. El 12 de julio del 2016 el FBI reunía a los medios para anunciar una noticia sobre Cooper.

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No lo habían encontrado. Al contrario, anunciaban que el caso lo daban por perdido:

En 1971 iniciamos una de las más largas y exhaustivas investigaciones. Sin embargo, el número inmenso de pistas no ha llevado a ninguna identificación del secuestrador. Por ello hemos decidido derivar los recursos hacia otras prioridades. A pesar de que el FBI ya no investigará activamente este caso, si emergiera nueva evidencia física -relacionada con el hombre o el dinero tomado por el secuestrador- deberán ponerse en contacto con su oficina local del FBI.


FUENTE: http://es.gizmodo.com/senorita-creo-que-lo-mejor-seria-que-leyera-el-conten-1787396817

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2 oct 2016

"ESTA PODEROSA BOMBA ES UNA TRAMPA EXPLOSIVA QUE SÓLO PUEDE ELIMINARSE SIGUIENDO ESTAS INSTRUCCIONES"

Categoria: bomba

Brian Wells era un tipo tan aplicado en el trabajo que el único día que había faltado como repartidor de pizzas fue el día que se había muerto su gato, día que por cierto, llamó para dar parte de ello. Por eso cuando un cliente asiduo del local le dijo al resto de los trabajadores que encendieran la televisión, nadie daba crédito a las imágenes. Wells, el tipo tranquilo y aplicado, estaba en todos los canales. El ejército lo rodeaba mientras el hombre, agachado y frente a las cámaras, portaba un collar bomba sobre su cuello. Faltaban pocos minutos para que el destino de Wells cambiara y con el se iniciara una investigación legendaria.

Lo ocurrido tuvo lugar al mediodía, un 28 de agosto del año 2003. Pasarían muchos años para elaborar una posible solución a un rompecabezas del que aún hoy existen algunas dudas. Brian Douglas Wells había pasado los últimos 20 años de su vida como repartidor de pizzas en el local Mama Mia en la ciudad de Erie , Pensilvania.

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Un día antes de los acontecimientos, cualquiera que preguntara por el hombre le diría lo mismo. De hecho y durante la investigación, el perfil que más se repetía sobre Wells era el de un tipo amable y muy valorado por el resto de compañeros. ¿Cómo había llegado hasta esa situación? Si el hecho de que tuviera un collar bomba no tenía ningún sentido, lo que se iba a describir poco después traería de cabeza al propio FBI.

El atraco al banco

Wells en el banco. CoolInt

Pero empecemos por el principio. Un día aparentemente normal en la ciudad industrial de Erie, situada en la orilla que lleva el mismo nombre, en la esquina noroeste del estado de Pensilvania. El día era caluroso, más de lo normal para una ciudad que se cuenta como una de las más nevadas del país. Un día que podría calificarse de “aburrido” a nivel informativo hasta que el reloj pasó las 14:00 de la tarde.

A esa hora Wells, el repartidor de pizzas conocido en la ciudad, el tipo amable y tranquilo de 46 años y con algo de calvicie, irrumpe en el PNC Bank de la ciudad. En la mano derecha portaba una especie de pistola casera pero lo extraño era el bulto que sobresalía de su camiseta, justo debajo del cuello. Wells se acerca al cajero del banco y le pasa una nota que reza:

Reúna a todos los empleados con los códigos de acceso a la bóveda. Háganlo rápido para llenar la bolsa con 250 mil dólares. Tiene tan sólo 15 minutos para ello.

Una vez que el cajero acabó de leer la nota giró la cabeza hacia arriba. En ese momento Wells se levanta la camisa y le muestra un dispositivo de lo más sofisticado que consta de varias partes. Si la nota no estaba mintiendo, el cajero tenía delante suya a un hombre con una bomba, un tipo con una dispositivo atado al cuello.

Los nervios no le dejan reaccionar, el cajero balbucea y finalmente acierta a decirle a Wells que no hay manera de entrar ese día a la bóveda, y menos en tan poco tiempo. Wells le pide entonces que vacíen todo lo que contenga dinero. Finalmente sale del banco con un botín de poco más de 8 mil dólares. Se mete en el coche que había aparcado enfrente, arranca e inicia la huida.

Brian Wells. Wikimedia Commons

No llegó muy lejos. A los pocos minutos la policía ya lo ha detectado tras el aviso del banco. Estaba estacionado en el interior de su coche. La policía lo rodea y le pide que salga. Wells hace caso y sale lentamente del vehículo. Luego le piden que se tire al suelo y que se arrodille, momento en el que le esposan las manos detrás de la espalda.

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En ese momento Wells comienza a hablar con los primeros policías. Según explica, en su último reparto del día un grupo de hombres de raza negra armados le habían abordado colocándole la bomba alrededor del cuello a la fuerza. Acto seguido le dijeron que debía robar el banco. Luego imploró a la policía:

Por favor, tienen que ayudarme. Este collar bomba va a explotar en cualquier momento. Les juro que no estoy mintiendo.

La policía llama rápidamente a los artificieros, a estos se unen agentes especiales y FBI. Se acordona la zona mientras comienzan a llegar las primeras cadenas de televisión. En pocos minutos aquello se convierte en la noticia del día en todo el país. Las televisiones retransmiten en directo la detención de un hombre con un collar bomba, un tipo que está esposado, sentado sobre el asfalto mientras decenas de policías y equipos de seguridad tratan de descifrar la situación.

Cuenta atrás para Wells.

Pasados unos 20 minutos algo cambia en la escena. Se trata de un ruido, un pitido agudo. De repente, el dispositivo atado al cuello emite un sonido que se acelera. Wells se muestra inquieto, su expresión cambia, se mueve desde el asfalto, parece que trata de quitarse de encima aquella bomba o lo que fuera. El sonido es cada vez más fuerte y seguido, las televisiones no dan crédito.

Lo siguiente que se escucha (y se aprecia en las televisiones) es la detonación y explosión de la bomba que llevaba Wells en su cuello. El aparato estalla y con él un movimiento violento del cuerpo del hombre que le produce automáticamente un enorme corte a la altura de su pecho. Tras unos segundos donde el cuerpo parece resistirse dando los últimos coletazos, Wells fallece sobre el asfalto. Eran poco más de las 15:00.

Desgraciadamente para la policía, se acababa de abrir un caso más largo de lo que esperaban.

Primeras investigaciones: la búsqueda del tesoro

Una de las notas encontradas por el FBI. FBI

Como explica en la investigación que escribió sobre el caso el periodista Rich Shapiro, la primera pista de que aquello no iba a resultar tan sencillo ocurrió poco después de la muerte del repartidor de pizzas.

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La policía comenzó con las rutinas propias de un caso así, clasificando todas las pruebas que tenían a la vista. En el coche dan con esa especie de pistola o arma casera que describían en el banco. Se trataba de un dispositivo que denotaba destreza en aquel que lo hubiera construido. Más tarde llegó al equipo forense el collar bomba que se había detonado. En palabras de los agentes del caso, aquello era una “ maravilla de bricolaje y diseño ”. Un dispositivo que constaba de dos partes; por un lado un collar con bandas de metal con 4 orificios y una cerradura a modo de combinación de tres dígitos, por el otro una caja de hierro que contenía dos bombas de tubo de 6 pulgadas cargadas de pólvora.

Además, el collar estaba bloqueado en el cuello de Wells a través de unas esposas gigantes, un dispositivo que contenía dos temporizadores con cuenta atrás electrónica. Aquella máquina era un enigma en sí mismo. Tras los primeros análisis había muy pocas dudas de que había sido construida por algún tipo de profesional.

Sin embargo, la naturaleza del dispositivo quedaría en anécdota cuando los investigadores encuentran en el interior del coche una serie de notas desconcertantes. Se trataba de una serie de papeles escritos a mano dirigidos al “rehén bomba”. En las mismas se le pedía que debía robar en el banco 250 mil dólares. Una vez hecho, podría seguir una serie de instrucciones complejas que le acabarían dando varias llaves y códigos de combinación a lo largo de la ciudad.

Notas encontradas por el FBI. FBI

Las notas incluían también dibujos y mapas detallados, aunque siempre con un tono amenazante. De lo que no había ninguna duda era de que si Wells seguía al pie de la letra las instrucciones, prometían liberarlo de la bomba. Por el contrario, si el hombre no obedecía, estaría destinado a una muerte segura. Según se podía leer en una de las notas:

Tan solo hay una forma de que puedas sobrevivir, y es cooperando por completo. Esta poderosa bomba es una trampa explosiva que sólo puede eliminarse siguiendo las instrucciones. Actúa ahora y piensa después o morirás!

El caso había dado un vuelco inaudito. Las piezas indicaban que todo era un plan para que Wells robara ese día en el banco. En torno al hombre habían construido un juego a vida o muerte, un perverso entretenimiento al estilo de una búsqueda del tesoro a través de pistas... un juego donde el premio final sería mantenerse con vida.

Los investigadores pensaron que la mejor forma de seguir la pista de los autores (o autor) sería actuar como si fueran Wells. La primera nota era la más sencilla. En ella le pedían al repartidor que debía salir del banco con el dinero y acudir a las inmediaciones de un McDonals. Una vez allí debía salir del coche y acudir a una señal. Debajo de la señal se encontraba una roca que contenía la siguiente pista. Wells había acudido allí tras salir del banco con el dinero en efectivo. Había recuperado esa primera nota (en realidad eran dos páginas) que le dirigían hasta una calle que daba a una zona boscosa a varios kilómetros de allí, espacio donde un contenedor naranja le ofrecería la siguiente pista.

Otra de las notas encontradas por el FBI. FBI

Jamás llegó hasta allí. La policía lo detuvo en la primera pista, estacionado frente al McDonalds. Así que los investigadores siguieron el hilo de las notas y acudieron a la zona donde debía encontrarse con el contenedor naranja. Una vez allí, se encontraron con otra nota que los dirigía a unos 3 kilómetros al sur, donde debían divisar una nueva señal de tráfico con otra pista.

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Cuando llegaron se encontraron con un frasco, pero este estaba vacío. Quien fuera que había colocado la pista parecía que se había desecho del puzzle en ese punto. Podría ser que en el transcurso de tiempo que había pasado entre la detonación de la bomba y las primeras pesquisas policiales, los autores habían intentado eliminar las pistas que debían liberar a Wells del collar.

Sin más notas que rastrear, la policía se centra en el propio repartidor. Los agentes acuden a los forenses y se añade una nueva capa de intriga a la trama. Wells había muerto con dos camisetas puestas, y la exterior llevaba escrito bien grande la palabra guess ( adivina en inglés). La broma macabra cobra sentido cuando la policía habla con los trabajadores y estos niegan que ese día la llevara puesta. Es más, acuden a sus parientes y ninguno recordaba haberlo visto jamás con ella, ni en broma. La policía estaba totalmente perdida, ¿Qué clase de juego era todo esto? ¿quién estaba detrás del mismo? O quizá más importante, ¿por qué tomaron a Wells como rehén?

Los investigadores deciden entonces seguir los pasos del repartidor el 28 de agosto. Ese día y como recordarían los vecinos, Wells salió de casa temprano para ir a trabajar como todos los días a la pizzería Mama Mia . A las 13:30 y como recordó su jefe, se realiza un pedido con entrega en un punto a las afueras de la ciudad. Wells estaba a punto de terminar su turno, pero aún así decide llevar el pedido.

Reglas a seguir para Wells. FBI

Sale del establecimiento sobre las 14:00 horas. Dicho lugar de entrega tiene un único acceso a través de un camino de tierra, un enclave que lleva a una torre de transmisión de televisión en una zona boscosa fuera de la ciudad. Cuando la policía llega hasta allí peina toda la zona durante días. Descubren huellas de zapatos que concuerdan con el calzado que llevaba Welss ese día. También observan las huellas de unos neumáticos, unas ruedas que más tarde se confirmarían como las huellas del vehículo del repartidor, el mismo encontrado horas más tarde junto al collar bomba sobre su cuello.

A parte de las huellas no había ninguna otra pista que pudiera arrojar evidencias sobre quién lo pudo atraer hasta allí o qué fue lo que ocurrió después. Tras varios días de investigación la policía llegó a un punto de no retorno. La última de las pesquisas les había devuelto a la casilla de salida y no había manera de encontrar algo de luz en el caso.

Un cuerpo en el congelador

Restos del collar bomba de Wells. Wikimedia Commons

Pero no todo estaba perdido. Los periodistas que habían estado cubriendo el caso más importante de la historia de Erie no se iban a quedar de brazos cruzados. Dos reporteros del diario Times-News acuden a la torre tras un chivatazo sobre los pasos policiales. La zona estaba acordonada por la policía, por tanto, los periodistas no podían pasar a partir de cierta zona. Cuando estaban a punto de dar media vuelta se fijan en una extraña figura. Justo enfrente de la torre se encontraba una casa cuyo patio trasero daba a parar a la torre. Desde sus ventanales se podía ver la sombra de un hombre alto y corpulento. Los reporteros piensan que no tienen nada que perder y acuden a la casa para preguntarle al tipo.

El hombre abre la puerta y se presenta. Se llamaba Bill Rothstein, de 59 años y de profesión “manitas”. Le contó a los periodistas que había vivido toda la vida en la zona y que se ganaba la vida con pequeños arreglos. Cuando los reporteros le preguntaron por el caso, Rothstein no tenía ni idea de lo ocurrido a escasos metros de su casa. En vista de que no le iban a sacar ninguna noticia, le piden acudir al patio trasero para tomar unas fotos. Más o menos media hora después los periodistas se despiden del hombre y vuelven a la redacción.

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Pasaron días sin noticias nuevas ni pistas que pudieran reabrir el caso hasta el 20 de septiembre de ese mismo año. Una llamada al 911 hacía soltar las alarmas. Al otro lado del teléfono se podía oír la voz de un hombre que decía lo siguiente:

8645 en Peach Street, en el garaje hay un cuerpo congelado. El cuerpo está en el congelador.

Restos del dispositivo del collar guardado por el FBI. FBI

¿Adivinan quién realizó la llamada? Fue Bill Rothstein, quien estaba llamando a la policía para que acudieran a su propia casa, lugar donde estaba indicando que había un cuerpo en un congelador. Ni que decir tiene que a las pocas horas Rothstein estaba en comisaría siendo interrogado. Allí explicó la historia: al parecer había estado las últimas semanas viviendo en “ una agonía ”, había valorado suicidarse e incluso había llegado a escribir una nota de suicidio.

Dicha nota fue encontrada por la policía. En la misma, el hombre identificaba el cuerpo del hombre en el congelador. Se trataba de Kim Roden y en la nota de suicidio de Rothstein señalaba que “ no lo maté ni he participado en su muerte ”, seguido de lo más intrigante (si es que esto no lo era ya suficientemente). La nota terminaba con un escueto:

... esto no tiene nada que ver con el caso de Wells.

La viuda negra

Pistola casera usada por Wells en el banco. AP Images

Rothstein explicó a la policía que a mediados de agosto había recibido una llamada de teléfono de su ex-novia Marjorie Diehl-Armstrong. Al parecer, esta le llamó alterada y nerviosa, acababa de disparar a su novio, James Roden, durante una pelea por un tema económico. No sabía donde acudir y llamó a Rothstein para limpiar la escena y el cuerpo. Este aceptó, acudió a la casa de la mujer e hizo lo que le pidió, meter en el congelador de su garaje el cuerpo y fundir el arma del homicidio en cenizas que luego esparció por Erie.

Ocurre que Marjorie también le pidió que se deshiciera del cuerpo unos días después, pero Rothstein no tuvo el valor de seguir con el plan y acabó llamando a la policía, según sus palabras, por miedo a las represalias de Marjorie.

Así fue como el 21 de septiembre Marjorie es detenida por el asesinato de Roden… para 16 meses después, en enero del 2005, declararse culpable (aunque mentalmente enferma), y por tanto condenada a 20 años de prisión. Un tiempo, entre la detención y la condena, en el que Rothstein fallecía de un linfoma. Así que a él, ya nadie le podía pedir explicaciones.

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Lo cierto es que aunque Rothstein nombró en su supuesta nota de suicidio esas enigmáticas palabras ( esto no tiene nada que ver con el caso de Wells ), ninguno de los agentes federales que llevaban el caso del collar bomba le había dado mayor importancia a que existiera tal conexión. Pero toda cambiaría en abril del 2005 tras una llamada de un agente del estado que había tenido un encuentro con Marjorie en la cárcel.

Marjorie y Rotstein. Erie Times News

La mujer se había enterado de la nota de su ex-novio (Rothstein, ya muerto) y salió a desmentirlo. Según Marjorie, el asesinato de Roden estaba relacionado con la trama del collar bomba. El FBI se personó con la mujer y esta les aseguró que si la trasladaban a una prisión cercana a Erie les contaría todo lo que sabía sobre el caso.

En este punto vale la pena explicar quién era Marjorie. Antes de ser detenida por el asesinato de Roden, a Diehl-Armstrong se la conocía por una especie de “viuda negra”, es decir, una mujer cuyos amantes habían pasado a mejor vida. Con 35 años llegó a estar acusada del asesinato de su novio Robert Thomas. Ella afirmó que las seis balas que tenía en el cuerpo fue por defensa propia. La creyeron y fue absuelta por el jurado. Unos años más tarde su primer marido murió bajo extrañas circunstancias.

E incluso mucho antes, cuando Diehl-Armstrong era una joven estudiante de secundaria, sus compañeros la recordaban como una chica extremadamente inteligente, con un dominio casi enciclopédico de la literatura, la historia y las leyes. El retrato que hacían de ella sus conocidos cambiaba con el paso del tiempo, dando paso a una mente con altibajos y constantes trastornos bipolares, cambios bruscos de humor e incapaz de controlar su violencia en ocasiones. Quienes la conocían en sus últimos años la tildaban de paranoide y narcisista.

Cuando las autoridades federales la entrevistaron dijo que no estaba implicada en la trama de Wells, aunque admitió que conocía el plan y había suministrado los temporizadores para la bomba. También dijo que el repartidor de pizza no fue únicamente una víctima, sino también parte del plan. Finalmente acusó Rothstein, él había sido la cabeza pensante, el origen de todo.

Kenneth Barnes en el 2007 escoltado por el FBI. AP Images

Lo cierto es que la policía no la creyó. Los investigadores se habían reunido semanas antes con 4 informantes desde la cárcel que les habían revelado que Marjorie había hablado sobre el crimen con detalle. La mujer acaba admitiendo a los agentes que mató a Roden porque iba a contar todo sobre el robo.

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Pocos meses después se produce otro avance en el caso. A finales del 2005 se presenta un testigo a los federales para comunicar que un reparador de televisiones que había sido proveedor de crack en el pasado, un tipo bajo el nombre de Kenneth Barnes, también estaba implicado. Al parecer, Barnes había sido compañero de Marjorie y estaba en ese momento en la cárcel por cargos relacionados con drogas. El tipo llega a un acuerdo para reducir la sentencia si cuenta lo que sabe.

Barnes confirma las teorías de la policía, Marjorie era el cerebro de la trama del collar bomba. El hombre explica que la mujer urdió el plan del robo al banco para poder pagar a un asesino a sueldo y matar a su padre, un tipo rico que Marjorie creía que se estaba gastando su fortuna, la misma que esperaba heredar un día. Tras la declaración de Barnes los agentes se presentan a Marjorie y le comunican que tienen pruebas suficientes para acusarla.

¿Fin del caso?

El hermano de Wells, John, hablando para los medios tras el anuncio de la fiscalía en el 2007. AP Images

Finalmente, el 10 de julio del año 2007, casi cuatro años después de la muerte de Wells, se produce un anuncio importante por parte de la oficina del fiscal federal en Erie. Una conferencia de prensa ante las cámaras de televisión donde anuncian que la investigación ha terminado. Marjorie y Barnes son acusados de llevar a cabo todo el plan. La acusación también añade a la conspiración a Rothstein y la propia víctima, Wells.

Ese día sale a la luz el trabajo de esos cuatro años donde se alega que Wells fue parte de la trama desde el principio. El hombre había accedido a robar el banco, aunque siempre creyó que lo haría bajo una bomba falsa. Esa búsqueda de pistas posteriores que le ofrecerían las llaves y los códigos para desactivar la bomba era parte del plan para engañar a los policías en el caso de que lo atraparan. Era, según la fiscalía, una estrategia para mostrar evidencias falsas de que el hombre solo estaba siguiendo instrucciones a la fuerza.

La fiscal Mary Beth Buchanan apuntó que con el tiempo, Wells pasó de ser parte de la trama a un “ participante involuntario ”. En algún punto, el resto de los criminales decidieron utilizarlo, pasando de tener el papel de rehén a convertirse en uno. El collar bomba se hizo real y las pistas falsas se convirtieron en una lucha contra el reloj por salvar su vida. Además, una semana después se supo que el FBI había llegado a la conclusión de que la búsqueda de pistas era un engaño para el propio Wells. La bomba había sido manipulada de tal forma que cualquier intento por detenerla la haría estallar. Dicho de otra forma, Wells estaba sentenciado desde el mismo momento en el que le pusieron el collar.

En septiembre del 2008 Barnes fue declarado culpable por cargos de conspiración y armas involucradas en la trama del collar. Le cayeron 45 años aunque accedió a testificar en el juicio contra Marjorie con la esperanza de una reducción. El juicio de la mujer tuvo que esperar hasta el año 2010 debido a que se alegó en un primer momento que era mentalmente incompetente para ser juzgada.

Marjorie tras la sentencia. AP Images

Ese año y tras comenzar el juicio, Barnes salió al estrado a contar la verdad. El hombre explicó ante el jurado que Marjorie ideó el plan y alistó a una serie de cómplices para llevarlo a cabo. Rothstein fue uno de ellos. Wells otro, en su caso, con la promesa de un pequeño emolumento por sus servicios. Y es que ese día en el juicio se supo que el repartidor de pizzas aplicado y amable en el trabajo también debía mucho dinero.

Resultó que tenía una relación con una prostituta, a la cual le daba crack (que le compraba o fiaba a Barnes) a cambio de sexo. Las semanas anteriores al robo Wells había perdido dinero y tenía una gran deuda atrasada con los jefes de Barnes. Por tanto necesitaba dinero en efectivo cuanto antes. No fue hasta su llegada a la torre para la supuesta entrega de las pizzas cuando se dio cuenta de que había sido traicionado y que la bomba que le iban a instalar a punta de pistola era real. Luego llegó el turno de Marjorie negando la historia de Barnes, aunque el jurado no la creyó. El 28 de febrero del 2011 fue condenada a cadena perpetua.

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Así, más de 7 años después de la muerte de Wells, se ponía fin a una investigación de lo más surrealista y peliculera . Una historia de comenzaba un día normal, en una ciudad normal de una mañana del mes de agosto de lo más normal. Una que terminaría con la explosión de un collar bomba y muerte de un repartidor de pizzas a los ojos de millones de espectadores de Estados Unidos.

Si bien la mayoría de las cuestiones fueron resueltas tras la sentencia a Marjorie, algunas preguntas quedan en el aire. Sin ir más lejos, nos quedamos con la duda de si la figura enigmática de Bill Rothstein en toda la trama fue más o menos importante. Nunca lo sabremos. O quizá sí.

Posiblemente cuando Hollywood estrene una más que posible película del caso.


FUENTE: http://es.gizmodo.com/esta-poderosa-bomba-es-una-trampa-explosiva-que-solo-p-1787190060

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