Los Juegos Olímpicos de Río no iban a ser los más brillantes de la historia. Décadas de desigualdad y dejadez urbana dejaron a la ciudad en una muy mala posición para albergar el evento. No es de extrañar que solo seis meses después del evento las cosas hayan degenerado muy muy rápido.
El término “degeneración” se queda muy corto. Las últimas fotografías de las instalaciones, que deberían estar como nuevas, muestran hasta que punto se han degradado por la falta de mantenimiento , y eso no es lo peor. Las favelas que se supone que iban a desaparecer con la villa olímpica siguen ahí más horribles que nunca. El más grande de estos barrios, Rochina, muestra riachuelos de aguas fecales serpenteando entre las casas y hasta formando pequeñas cascadas.
No hay muchas esperanzas de que la situación mejore en el futuro. La ciudad se ha quedado prácticamente sin dinero tras los juegos, y las tasas de crimen se han disparado a un nivel que hace que las cataratas fecales sean el menor de los problemas.
De nuevo, se veía venir. Río fracasó completamente en su intento de limpiar las aguas de su bahía. La ciudad aún está tratando de averiguar cómo va a pagar todo lo que necesitaba para los juegos. Mientras tanto, los responsables de la ciudad tratan de justificar la situación. Daelcio de Freitas, portavoz de la sociedad Maracaná S.A. que gestiona el estadio homónimo contaba hace poco a CNN que las cosas no iban tan mal porque aún no le había caído un bloque de cemento a nadie. “Hay cosas que están algo dañadas, como el césped o los asientos. Sin embargo, nuestra principal preocupación es la seguridad de los espectadores que vienen a Maracaná y por tanto debemos asegurarnos que elementos como el techo no se ven comprometidos” .
La compañía de la luz ha cortado el suministro al estadio porque debe alrededor de un millón de dólares en facturas de la luz. Eso sí, el techo no se ha colapsado.
En definitiva, que seis meses después de que los atletas cayeran enfermos y de que las piscinas se pusieran verdes, la situación es mucho peor. Los estadios están abandonados, la basura se acumula, y la porquería fluye (literalmente) por la calle. Mientras tanto, Trump quiere que los siguientes Juegos Olímpicos sean en Los Ángeles para que la pesadilla distópica no termine en Río.